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Marta Satrústegui, cien años en su sitio

Torrelavega, 8 de agosto de 2009

Marta Satrústegui, cien años en su sitio

En el centro de los suyos, como clave del arco, sin perder nunca una cierta idea de si misma, sin dejar de ser una referencia permanente de buenos augurios para todos, en una combinación tan misteriosa como sencilla de dignidad y de comprensión, con probada legitimidad de origen y de ejercicio. Durante cien años, siempre en su sitio. Adelantada a su tiempo como joven a quien la belleza en lugar de inducirla a dejarse mecer por los halagos la impulsaba para inscribirse con naturalidad en la aristocracia de la inteligencia, en el cultivo de las artes, las letras y el deporte, muy particularmente el tenis. Componía una armónica suma de distinción y cercanía. Amona, como la llamaban en ofrenda a su genealogía vasca, estuvo siempre en el centro de los afectos emocionantes -recordad cómo la amaban- que le tributaron sus once hijos, sus nietos, sus bisnietos y su tataranieta. Querida por todos ellos casi hasta la idolatría. Dotada de una autoridad que fluía de forma tan natural como reconocida, sin necesidad de imposiciones ni de cóleras.

Nunca por la edad vencida, ni por el paso del tiempo, de los tiempos que iban añadiéndose sin que dejaran de ser también los suyos, sin sentirse ajena a sus sucesivas configuraciones. Incapaz del aceptar abandono alguno. Con ese cuidado invisible, anticipado, amoroso, de los detalles del ambiente. Para preservarlo de la victoria insidiosa de los agentes de la erosión y de las confianzas indebidas, siempre degeneradoras. Atenta para prestar atención a los demás, como primera muestra de su extremada cortesía de madre, de abuela, de bisabuela, de tatarabuela y de anfitriona. Tocada por la gracia y la elegancia. Ejemplar, sin la menor pretensión de ser ejemplo. Abierta a los cambios sin convalidarlos en aras de su mera condición de novedad. Vivía la firmeza de sus invariables convicciones sin trasladar las exigencias que a sí misma se imponía a quienes, en el ejercicio de una libertad que respetaba, profesaran otras. Pronta para sumarse a las alegrías. Impregnada de ese pensamiento positivo tan lejos de la ingenuidad naïve como de la cofradía del santo reproche.

Marta Satrústegui, estaba en su sitio. Un sitio que supo ganarse y mantener sin abdicar de lo vivido, ni aferrarse a la nostalgia de los viejos buenos tiempos, porque en el transcurso de los sucesivos estratos generacionales que iban acumulándose sabía descubrir cada vez nuevos estímulos vitales que la mantuvieron joven de mente y grande de corazón. Su imagen y arreglo personal, los entendió siempre como decoro debido a si misma y a su entorno familiar y amistoso. La respetaron los estragos de la edad, sin apenas otra pérdida que la agudeza del oído pero con el gusto sostenido por la buena conversación y el afán elegante de hacer protagonistas a los demás. La casa y el parque de su casa de "La Portilla" estaban vestidos de su innata distinción. Por eso y por tantos otras cosas Comillas tuvo ayer un recuerdo sin pompa fúnebre pero con toda circunstancia y cariño para la marquesa de Lamadrid. Para todos, aquí también, será imborrable su memoria.