Devota memoria de Julián González
Santander, 24 de marzo de 2009
De arraigadas creencias religiosas y recta conciencia, era Julián esencialmente bueno.
No recuerdo por qué caminos vino a mi despacho. Necesariamente sería por los desconocidos caminos de la Providencia, hechos «desde el principio de los Tiempos». Esos caminos que el ser humano con libertad andará rectamente o prevaricando; caminos siempre torcidos que debe enderezar. Enderezad los Caminos del Señor manda el Libro.
Era Julián un experto laboralista y en el despacho se responsabilizó de cuantos asuntos correspondían a la jurisdicción laboral.
Conservo viva la memoria de su rostro sereno, su palabra amiga, sus decisiones prudentes.
Cuando sentía su presencia en el funeral que se ofició para encomendarle a Dios, inspiradamente le pedí: Julián, aguárdame en el Cielo.
Pero, ¿hay Cielo? Debe de haberle.
La preposición antes del verbo, pregona la duda. Pero la duda no impide la creencia; es un hiriente acicate -un catalizador- de la creencia. Es el mensaje crítico de la razón para que la creencia no sea irracional.
Resulta, pues, erróneo afirmar que entre la razón y la creencia no hay relación alguna, porque ambas son facultades -potencias- del mismo Ser: del Ser que razona y cree. Y la creencia que no debe ser irracional, tiene en la razón (cuando la razón puede admitirla) un indudable sustento.
Por ello, aunque la creencia es ajena a la razón, no puede desconocerla.
Y porque creo -sin quebranto de la razón- que debe de haber Cielo, le he pedido a Julián que en el Cielo me aguarde: me guarde un sitio a su lado.
Y si Julián me aguarda, enderezará desde el Cielo mi camino.