Milio, el herrador
Santa Cruz de Bezana, 30 de marzo de 2011
Los grandes nunca se van solos. 'Milio, el herrador', tampoco. Y no sólo porque quede para siempre en el recuerdo de su familia y sus amigos. Si no porque su huella es grande, nítida y entrañable.
Muy cerca de este periódico, frente a la vieja tejera de La Albericia, pero también en Cueto, Monte y Liencres, 'Milio el herrador' demostró durante décadas que el magisterio no se estudia. Se ejerce. El suyo lo volcó directamente cada día en sus hijos Miliuco y Luisín. Dos grandísimos herradores que nunca pretendieron superarle. Sólo continuarle.
Los hombres pasan. El recuerdo permanece. Los Margüelles son una generación de santanderinos a quienes le falta el patriarca desde anteayer. Ser herrador no es fácil. Ser un gran herrador es muy difícil. Milio lo fue.
Un trabajo duro, lleno de asperezas y tan necesitado de pericia como de fuerza. Animales que sienten, que nunca fueron bestias para Milio, y cuyos cascos, pezuñas y herrajes necesitan un cuidado muy especial.
Milio tuvo tiempo de formar una familia, disfrutarla y dejar a su mujer, sus tres hijos y sus siete nietos grandes razones para pensar que un Margüelles no es un cualquiera. Tuvo y retuvo una raza admirable. Trabajó y enseñó por igual. Fue un hombre imprescindible para los ganaderos.
No importa si saga o estirpe. Emilio Margüelles fue genio y figura. Quedamos unos cuantos quintos de él como yo que compartimos vida y trabajo cuando Cantabria era tan verde como ahora, pero tenía muchísimos más caballos y vacas que hoy.
De miles de ellos se ocupó el maestro herrador Emilio Margüelles Del Castillo. Y eso tiene que constar. Para eso lo escribo.